No pronunciarás el nombre de la Libertad en vano

No pronunciarás el nombre de la Libertad en vano

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Categoría: Nacionalismo

Lo que sucedió ayer en Rentería, en el mitin de Ciudadanos, me ha hecho pensar y recordar, aparte de encabronarme.

Insultar, intentar agredir y acosar a Albert Rivera, Maite Pagaza, Fernando Savater, etcétera en aras de la libertad, utilizando como excusa los lazos amarillos y las esteladas, es, sencillamente, escupir a esa palabra.

Esto mismo le sucedió el pasado fin de semana en Bilbao y San Sebastián a Santiago Abascal y en Barcelona hace unos días a Cayetana Álvarez de Toledo, a la que casi golpean. Y así a cientos de españoles anónimos en Cataluña y País Vasco. Ahora y desde hace mucho tiempo.

Yo, como periodista, fui a una MARCHA POR LA LIBERTAD en Amorebieta el 12 de julio de 1997. Así se autodenominaba. Recorría toda Euskal Herria reclamando la independencia del País Vasco francés y el español, decían sus organizadores.

Horas antes acababa de expirar Miguel Ángel Blanco.

A mí, que era un becario en El Mundo, me habían mandado entrevistar al por entonces líder de HB, Jon Idigoras, que pudo haber hecho algo para impedir aquel asesinato a ralentí.

Cuando veo la forma tan gratuita con la que se utiliza el término ‘libertad’… ¿Libertad de expresión? ¿De manifestación? ¿De qué?

Mujer valiente donde las haya, Maite se encaró con los que durante tantos años fueron sus vecinos, echándoles en cara que allí solo se podía homenajear a etarras.. “Aquí, en Rentería, solo recibís a los etarras. Solo hacéis recibimientos a los que quieren matar a un funcionario de prisiones como a José Baeza”.

Mientras, cómodamente, Pablo Echenique justificaba el acoso a los naranjas, cuyo líder, a su juicio, solo buscaba “votos de odio”. Eso sí, no citó los de la vergüenza y la cobardía.

Recordando sin esfuerzo aquel día de hace casi 23 años en Amorebieta, veo a un tal Leo Beloki, que era el organizador de la marcha y que me trató amablemente, no así algunos de los que allí estaban. Pero pasé olímpicamente de ellos.

Lo vivido en Ermua las dos noches íntegras del ultimátum (soy el único periodista que estuvo allí las madrugadas completas) y mi deseo infinito (desde muy niño) de ser periodista me volvió sordo. No era cuestión de valentía o de cojones, sino de ideales.

Y esa sordera también la tienen polític@s, escritor@s y periodistas que se sienten por encima del bien y del mal ante las cacerolas, las patadas, los gritos y los insultos. Ya sea en el mundo real o en internet.

Hace años, otros hicieron lo mismo, eran sordos de nacimiento ante los violentos, pero se quedaron mudos para siempre.

Nunca se me olvidará cuando en medio de mi entrevista a Idígoras, una mujer nos cortó unos segundos con un “Jon, tengo miedo” (él la tranquilizó con un “De qué?”). Y es que a raíz del crimen del concejal del PP, los corderos se alzaron contra los lobos.

Hace poco, en una Masterclass de Oratoria del prestigioso periodista y amigo Alfredo Urdaci (también desarrolló la sordera de la que hablaba antes, esa que te aísla del odio), contó una anécdota impagable de sus comienzos en RNE, cubriendo un concierto de Radio Futura en Madrid, en El Rosales. Llovieron botellas e insultos hacia el escenario. El gran Santiago Auserón se encaró con ellos: “500 dáis miedo. Uno a uno sois peores que yo”.


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